Por qué las abejas no aman la semiótica
¿POR QUÉ LAS ABEJAS NO AMAN LA SEMIÓTICA?
Los debates entre quienes defienden la persistencia de la visión o persistencia retiniana y quienes proponen la lectura holística cerebral del movimiento han sido productivos, sobre todo para los segundos, a raíz de las juiciosas dinámicas investigativas sobre el cerebro humano. Sin embargo no ha quedado claro, si todos los apologistas de la persistencia de la visión la han reconocido como una disfunción, defecto o atraso evolutivo o como un retraso voluntario o acomodación premeditada del órgano de la visión para permitir a los homínidos una acomodación eficiente al entorno y sus nuevos desempeños en él.
Saberlo resulta útil en la medida que tales “anomalías” están presentes en los seres vivos para imponer facultades pasivas, pero también activas, que sería la motivación central de este asunto. Se sabe que la disposición de los ojos en la parte lateral o frontal del cráneo determina la condición de presa o cazador del animal, y aunque la condición de presa se perciba aparentemente en dimensión pasiva es bien cierto que los ojos dispuestos a los lados permiten una mayor movilidad y amplitud del ángulo de visión; es decir, una ventaja activa con respecto a los cazadores.
Desde estos hallazgos, los de Darwin, Engels, Llinás, Sperry, Koffka, Bandura y la corriente que investiga el desarrollo cerebral desde el enfoque psicobiosocial, los “recortes o limitaciones” funcionales de ciertos órganos no deben asumirse automáticamente como factores de comportamientos y rutinas pasivas. Por ejemplo, el estómago de los rumiantes, que en verdad son tres y ostenta de complejo y por ende “activo”, ofrece una naturaleza evolutiva muy estática adherida a las necesidades de alimentación herbaria. En cambio el estómago humano, luego del descubrimiento de técnicas de pesca, caza y primordialmente del fuego, ha tenido una dinámica frenética de acomodación para una dieta que se compone de vegetales, carnes crudas, alimentos cocidos y nuevos productos sintetizados o manipulados genéticamente. Con todo y el fondo científico que pueda tener la discusión, del lado de quienes defienden la persistencia retiniana no necesariamente se estaría asumiendo ese fenómeno como un factor reactivo o pasivo del receptor frente a las imágenes en aparente movimiento. En pocas palabras, el centro de la polémica sobre la persistencia de la visión no debería estar en la base fisiológica del fenómeno sino en las reelaboraciones funcionales que el hombre construyen a partir de su necesidad de adaptación a los ambientes relacionales de naturaleza biológica, climática, tecnológica, económica, cultural, social, axiológica, política, emocional y mágica de su existencia colectiva e individual.
En ese sentido el mito de la persistencia retiniana deja de existir en el terreno práctico y se desplaza a un capricho, en cierta forma, obsesivo por la etiológica de una manifestación que requiere ser pensada en terrenos más fértiles. Hoy, resultaría interesante conocer las intimidades evolutivas del origen del cosmos y la vida pero más práctico sería resolver las absurdas circunstancias autodestructivas de la especie humana. Parece más sensato desembarazarnos del feto cientifista de la imagen residual para parir un manifiesto útil sobre las posibilidades transformadoras de la imagen y las construcciones éticas de los discursos audiovisuales. Plantearnos con la abochornante pregunta qué es de aquella civilización o barbarie1 de la imagen.
No es de prudentes abandonar el fondo científico de una discusión, pero resulta estéril que en una sociedad con las particularidades de la actual donde se asiste a un unanimismo mental de carácter planetario y a un oscurantismo espiritual tan lesivo se esté priorizando el hallazgo de verdades que en todo caso no resuelven las condiciones exógenas del fenómeno. Por ejemplo, los descubrimientos que permitieron negar las raíces biológicas y genéticas de las conductas violentas en los individuos, el manifiesto de Sevilla que desde la neurociencia, genética, biología, psicología, antropología y sociología dejó en claro que en casi un 98% de los comportamientos agresivos median más factores culturales y educativos que las reminiscencias del cerebro reptiliano, y que la tendencia histórico biológica del ser humano es ser solidario, cooperativo, fraternizante y protector de su prole, no han bastado por sí solos para desvanecer de la humanidad el riesgo inminente de desparecer como proyecto colectivo y disuadirla de desarrollar y sistematizar formas altamente sofisticadas de destrucción.
El enfrascamiento científico de la persistencia retiniana no escapa a las paradojas contemporáneas. Se dice que somos la sociedad del conocimiento y de la información y nunca antes, excepto en el oscurantismo medieval, hubo tantos individuos y grupos desinformados y excluidos de procesos socializantes y despojados de saberes útiles para llenar de sentido sus vivencias colectivas. Nunca hubo tanta concentración de información letal y poderosa empleada como arma para negación y supresión de las manifestaciones plurales y diversas del otro.
Nunca antes existió tanto nivel de clonación de pensamiento o datografía inservible para las mayorías pero útil a los procesos homogeneizantes y hegemonizantes. Nunca antes hubo tanta integralidad en los mecanismos de transmisión de información en tiempo real, pero tampoco esos niveles de desfragmentación de la naturaleza social de los hombres y la abundancia de creencias sórdidas en tiempos virtuales. Nunca antes se había divulgado tantas muertes de la historia, las ideologías, dogmas, mitos y verdades, pero tampoco antes hubo tanto absolutismo y fe ciega en los paradigmas postmodernos que esconden fatalismo y engendran hombres sin historia, descontextualizados y alienados por gigantes industrias transnacionales que fabrican cultura y centralizan el capital simbólico de los ciudadanos.
Nunca antes hubo tanta documentación de la realidad a través de la imagen y tampoco tanto ocultamiento y suplantación de aquélla por ésta. Nunca se había podido reproducir tan fielmente la realidad pero nunca se le enmascaró o trastocó tanto para insertar al hombre en el velo de lo inverosímil. Por eso, los tiempos no favorecen proferir agresiones científicas cuando sepultar un mito equivale a incubar una paradoja. Las teorías corpuscular y ondulatoria de la luz recaudaron ingentes dividendos de chovinismo intelectual hasta que su comportamiento, unas veces como onda y otras como partícula movilizó el inútil voyerismo científico hacia propuestas tecnológicas.
Nuestro cerebro y su funcionamiento no han sido explorados, explicados y entendidos ni en una mínima porción; y esa situación también nos aboca a otra paradoja: se dice que es un órgano tan poderoso y perfecto como sin igual, pero ¿cómo es que no nos sirve para conocerlo y explicarlo a él mismo? Modesta y prudentemente ¿no podríamos prever que el fenómeno de persistencia retiniana -que tampoco puede precisarse como función o disfunción, mérito pasivo o defecto activo- ha confluido casualmente en un tiempo evolutivo con la facultad cerebral de percibir integralmente el movimiento real o la sensación figurada de movimiento y que posiblemente no tengan ninguna relación e ingerencia en la visualización de la imagen del cine y la televisión?
¿O es posible que estemos negando una relación dialéctica entre el primero y segundo fenómeno. No será que la dinámica evolutiva permitió a los primeros homínidos acondicionar en la retina unos tiempos de conversión del estímulo fotoquímico en eléctrico y reacondicionó su velocidad de transferencia hacia el cerebro para promediar la facultad de visión hacia nuevos acontecimientos como versen reflejados estroboscópicamente en los cuerpos de agua móviles, atravesando velozmente espesas junglas o mimetizandóse para la caza entre las formas, texturas, colores y bamboleos de la vegetación?
¿Estaremos obviando la dimensión del movimiento psicológico que como los sueños pueden emerger de insumos culturales y juegos de la mente sin que residan en realidades fisiológicas concretas. Por qué hay pinturas que parecen moverse e imágenes “móviles” pavorosamente quietas. El cerebro puede ser engañado, por fortuna, pero tal vez ese “ser engañado” sea un artificio premeditado, una concesión de la evolución a nuestro mundo mágico, psicológico, espiritual, trascendente o como quiera llamarse?
¿Nos estaremos armando películas y montando videos para ocultar lo verdaderamente preocupante: el deber ser del discurso audiovisual en una sociedad carente de referentes axiológicos claros y provechosos para que se reelabore desde nuevos significados y sentidos de existencia y trascendencia? Todo puede ser posible. Debemos hacerle concesiones a la duda pero no a la incertidumbre.
Los planteamientos de Joseph y Barbara Anderson y los experimentos de otros, nos ofrecen elementos importantes para creer en sus tesis; pero queda pendiente abolir las discusiones que nos recuerdan a los sabios gobernantes en Bizancio que ante la inminente invasión de los turcos a la ciudad permanecían deliberando sobre la naturaleza sexual de los ángeles y los trazos estéticos que deberían tener los canales conducentes de agua para sus moradores. De nada nos sirve descubrir que la facultad cerebral de percibir integralmente el movimiento real o la sensación figurada de movimiento opera bajo los mismos mecanismos si ello no se complementa con una interiorización trascendente del ver. Qué importa que nuestra naturaleza o acción visual frente a los fotogramas proyectados a gran velocidad sea humilde, indigna y de persistencia retiniana si al final cuenta más la construcción crítica, estética, ética y técnica de la imagen, dialogada, negociada sobre lo que Ludwig Wittgenstein llamó las utopistas, utopías donde la distancia entre el mundo de la imagen y la imagen del mundo no sea transitada por pueblos, hombres, mujeres, niños y ancianos engañados por el mito de la persistencia de la ficción.
BIBLIOGRAFÍA
· Tosi, Virgilio. El lenguaje de las imágenes en movimiento. Teoría y práctica del cine y la televisión en la investigación científica, la enseñanza y la divulgación. Grijalbo. México. 1993.
· Llinás, Rodolfo. El cerebro y el mito del yo. Tercer Mundo Editores. Bogotá, 2002.
· Anderson, Joseph y Barbara. En: Revista de cine y video. No. 45. Primavera de 1993.
· Kubey, Csikszentmihalyi, Robert y Mihaly. Psicología de la adición a la televisión. En Investigación y ciencia. 2002
· http://members.fortunecit.es
· http://omega.ilce.edu..mx/
· http://omega.ilce.edu..mx/
1 Tosi, Virgilio. El lenguaje de la imágenes en movimiento. Teoría y práctica del cine y la televisión en la investigación científica, la enseñanza y la divulgación. P. 17

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